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Del Ruido Digital a la Conciencia del Presente
Escrito por: HealthyCorde Editorial | Publicado on: April 22,2026
Me sucedió justo durante una cena con mi familia. La conversación era amena; hacía semanas que no veía a mis hermanas ni a mi mamá. Desde mi mudanza a Nueva York y con mi nueva plataforma, cada vez se me hace más difícil viajar a México. Al principio todo eran risas, anécdotas y ponernos al día, pero en un instante me quedé en silencio. Sí, en silencio. Un silencio ocupado por una lucecita que destellaba y salía de un rectángulo: mi teléfono.
No era que no quisiera estar ahí; estaba en el lugar donde más deseaba estar. Pero al escuchar vibrar el aparato sobre la mesa, mis manos fueron hacia él en automático y no paré, yo creo que por varios minutos, hasta que mi hermana me dijo: “¿Escuchaste esto? ¿Dónde andas?”. Y entonces entendí de qué me había perdido.
Eso me pasa a mí y también a ti que me estás leyendo, estoy segura, no puedes decir que no. La verdad es que empezamos a tener rutinas tan orgánicas que ni siquiera nos damos cuenta, porque ya son parte de nosotros. Sin él, es como salir sin ropa. Honestamente, no recuerdo exactamente cuándo dejó de ser una herramienta y empezó a estar presente en cada espacio del día: en momentos muy específicos, pero también en los más simples.
Voy a ser honesta: la cantidad de información a la que podemos acceder a través del celular es impresionante, genial, y además todo ocurre rápido. Quiero algo y, en un abrir y cerrar de ojos, ahí está. Lo que parecía lejano o complicado, en segundos ya está dentro de un pequeño aparato que llevamos en la mano. Así, sin darte cuenta, también cambia la forma en que ves el mundo, lo que piensas y hasta cómo descansas.
Antes de dormir, una dosis de él parece caer genial. Pero justo en esa cena, escuchar la voz de mi hermana diciendo “¿Escuchaste? ¿Dónde andas?” me hizo entender en un segundo, como cuando se enciende una luz, que hay momentos en los que vale la pena sumergirte en él y otros, en los que simplemente no lo merece. Y ojo, no fue culpa, fue conciencia. La conciencia de querer estar, porque yo quería estar ahí, pero no estaba. Son estímulos que se pueden controlar siempre y cuando te detengas y pienses: ¿por qué?, ¿cómo?, ¿qué hago?, ¿lo necesito hacer en este momento?
Eso me ha ayudado. Lo necesito para correr, para mis caminatas en Central Park, para escuchar buena música, una meditación, o hasta para organizar las mil y una juntas que tengo día tras día. No estoy peleada con él; es una herramienta para mi satisfacción personal y también para la profesional, para inspiración. Eso, sin duda. Pero combinarlo con estímulos externos y tangibles, se siente más rico, se aprende más.
Me gusta el silencio. Me gusta estar en silencio conmigo misma. Hay momentos en que el silencio se disfruta, pero silencio total, sin una lucecita y sin scroll down, scroll down. Hay silencios que se gozan junto a él y, claro, silencios con mucho ruido junto a amigos y seres amados.
La clave no es convertirlo en el villano, ni poner etiquetas de bueno o malo, porque en este caso no es necesario. Se trata de elegir cuándo usarlo y no convertirlo en tu compañero permanente. Se trata de dominarlo tú y hacer uso de él, no al revés.